campañas de condena

No quiero participar Ante las insistentes campañas de condena, ridiculización y culpabilización de la abstención

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Ante las insistentes campañas de condena, ridiculización y culpabilización de la abstención que se suceden religiosamente en cada proceso electoral, me dispongo a recoger algunas de las explicaciones y razonamientos que con gran lucidez han tratado de exponer algunos internautas, a través de las redes sociales, sobre el por qué de esta opción electoral.

Por ejemplo,Carlos Taibo, aún sin estar de acuerdo con parte de su discurso político, sin embargo sí que pienso que apunta con certeza cuando dice que…

También me he encontrado hasta el hastío por las redes con el razonamiento de que abstenerse en las votaciones no sirve para nada, que no acabará con el sistema, ni sacará a los grandes partidos de su posición hegemónica. Todo ello apoyado por simulaciones electorales cada cual más tramposa. Y es cierto, pero no se trata más que de una serie de razonamientos absurdos, pues no creo que sean precisamente esas las consideraciones que sostienen aquellas personas que practican la abstención electoral. Una persona no se abstiene porque dicha renuncia al ejercicio del voto pueda servir para algo por sí misma. Tampoco lo hace pensando en términos de resultados ni de cifras electorales. Una persona se abstiene principalmente por desafección o por coherencia; esto es, porque ha dejado de creer en la efectividad del voto, porque ve toda una realidad con posibilidades más allá de las elecciones y del delegacionismo parlamentario, o porque no desea que unas personas decidan por otras. Y, en ambos casos, no se pretende conseguir efecto alguno. Sencillamente no se está de acuerdo con dicho sistema de participación política, y punto.

De la misma forma, hay personas que evitan comprar cierta ropa elaborada en China o en La India por estar fabricada en base a condiciones laborales de explotación salvaje o incluso de esclavitud. Y eso no va a evitar que se siga fabricando ropa con esas condiciones laborales en esos países. Todo seguirá igual. Pero al menos esas personas actúan de forma coherente con sus valores éticos, negándose a participar y colaborar con un sistema de producción injusto. Y por supuesto, esas personas no podrían ser culpables bajo ningún concepto de que en el continente asiático se fabriquen ropas con semejantes condiciones. ¿Por qué iba a ser igualmente culpable un abstencionista de las injusticias de un sistema electoral tramposo?

Cambiando de tercio, en otro debate Juanmi, un lúcido compañero, nos regala esta reflexión que sintetiza perfectamente mi posición particular al respecto:

Aunque en el fondo no veo mal que haya gente que con libertad quiera participar en unas elecciones (al igual que en alguna ocasión yo mismo he hecho también) para mejorar las condiciones posibles entre las limitaciones que nos imponen, lo que no puedo entender es que culpabilicen de sus miserias a quien se abstiene. Semejante incoherencia sólo deja clara la insensatez y poca catadura moral e incoherencia de aquellos que arremeten contra la persona que libremente decide no votar.

Seguiré pensando, eso sí, que cuando una persona vota, lo hace para que otras personas decidan por ella. Y si bien entiendo que voten, el hecho de que algunas de esas personas no entiendan que yo no desee participar ni delegar en nadie, creo que visibiliza bastante bien quién sufre realmente de estrechez de miras.

Hoy mismo, por ejemplo, debatiendo sobre la abstención me decían lo siguiente: “Imagina que 10 personas quedamos para tomar café, todas tenemos claro que queremos café, unos querrán cortado, otros con leche, otros solo, etc… Si tu dices «me da igual» te pondrán cualquier cosa y otra persona decidirá por ti, y seguramente no te gustará lo que te pongan. Habrá otros que tendrán muy claro lo que quieren y presionarán para que se haga a su manera“.

Mi respuesta fue ésta: Vote o no vote existe el problema de la no representación. En el ejemplo que has puesto denotas tu fe ciega en la representatividad real y efectiva de las elecciones. Esa representatividad es falsa. Siguiendo tu ejemplo, la realidad es como si fuera con 10 personas para tomar el café y cuatro piden un cortado, tres un café con leche, uno un bombón, otro un belmonte, y nos dicen que por cojones nos van a poner el café que haya elegido la mayoría. Es decir que a todos nos van a poner un cortado nos guste o no. Y me doy cuenta de que si yo eligiera otro tipo de café, igualmente me pondrían el cortado, o de que si yo eligiera un café con leche, igualaría las fuerzas y podría facilitar que se consiguiese que todos tomen café con leche. ¿Y por qué iba yo a querer obligar a todos tomar una cosa u otra? Eso es lo que me pasa, que no me parecen justas esas reglas de representación, porque para mí son coactivas. No me gusta, lo siento. No quiero participar en algo así. Ni tampoco eso debería ofenderte”.

A colación de esta incompresible incapacidad de comprensión hacia el abstencionista, me encuentro en uno de tantos debates con esta poética cita de Sébastien Faure, “La podredumbre Parlamentaria”:

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