22M

¿Ha sido un éxito el 22M?

Habría muchas formas de abordar esta cuestión. Sin embargo, no son tantas las perspectivas que se están considerando en las reflexiones y debates que están surgiendo en las horas que siguen a esta última movilización, y que principalmente son: el número de participantes, la violencia represiva del gobierno, y las reacciones de los manifestantes ante esa violencia. Como viene siendo también habitual, no son precisamente estos enfoques más debatidos los que nos puedan ayudar a dar respuesta a la pregunta sobre si ha sido o no un éxito el 22M.

Pero, ¿por qué no?

Vamos a suponer que el gobierno hubiera admitido que la tarde del 22 de Marzo habían 2 millones de personas manifestándose. Supongamos además que no hubiera habido ningún tipo de provocación ni de agresión policial. Y supongamos también que las marchas hubieran sido retransmitidas desde el primer momento por las televisiones. Dando por hechos estos supuestos, ¿habría sido entonces un éxito la manifestación? ¿Y si hubieran sido sólo 10.000 personas, que además hubieran sido reprimidas por la policía, que hubieran ido todas en autobús y que se hubiera silenciado todo por los medios, se hablaría entonces de fracaso? ¿Cuál es objetivamente el número exacto de manifestantes, el nivel de violencia del Estado aplicado contra ellos, la cantidad de kilómetros recorridos, o la cantidad de titulares que debe cumplir una movilización para poder tildarla de éxito o de fracaso?

Aunque, bueno, quizá sea un poco absurdo tratar de pensar en términos objetivos. Planteémoslo entonces de forma subjetiva. Quienes han regresado de la capital con un buen sabor de boca, con esa sensación triunfal de haber participado en algo histórico, y con el sentimiento de haber defendido su dignidad con coraje frente a aquellos que tratan de arrebatársela, ¿habría cambiado ese estado de ánimo el hecho de que hubieran sido más o menos personas, o que hubiera habido o no altercados con la policía? Por otra parte, quienes han regresado con desánimo, tras observar que al final no ha sido más que otra manifestación como tantas otras anteriores, y que un par de días después todo continuará igual, con el esfuerzo tremendo que costaría organizar y movilizar nuevamente algo tan inmenso, ¿se habrían sentido diferentes si hubieran sido más o menos personas, o si hubiera habido o no altercados con la policía?

Efectivamente, parece que no son éstas las cuestiones más decisivas, ni desde un plano objetivo ni tampoco subjetivo. Parecen ser más bien la serie de planteamientos que siempre acaban copando la mayor parte de nuestros debates, pero que sin embargo sólo responden a ciertos intereses. Por un lado, al interés del gobierno por minimizar la importancia de la movilización, dándole apariencia de insignificante, al mismo tiempo que otorgándole un matiz de violencia para tratar de hacerla ilegítima a los ojos de la opinión pública. Y, de otro lado, al interés de quienes tratan de aprovechar el trabajo y la voluntad de cientos de miles de personas para impulsar o consolidar posiciones e intereses particulares, mostrándose siempre a la cabeza como impulsores, líderes revolucionarios o necesarios negociadores.

¿Cuál es entonces el planteamiento que responde con mayor acercamiento al interés de los participantes? Está claro que nadie con dos dedos de frente inicia una marcha a pie de más de 500 kilómetros sólo pensando en que al final del trayecto le acompañen muchas personas así sin más, por su cara guapa o su simpatía, y ni mucho menos pensando en que al final le van a pegar un pelotazo de goma en los genitales o que se lo van a llevar al calabozo. Nadie sale a la calle tan sólo por querer juntarse con varios cientos de miles personas más sin motivo alguno, salvo que sea para alcanzar algún absurdo record guiness. Y ni mucho menos sale a caminar por media España sin apenas descanso, salvo que se haga el camino de Santiago. Efectivamente, hay un motivo central muy potente, que podemos leer en el manifiesto de las llamadas Marchas de la Dignidad, y que no es otro que el de la defensa y la recuperación de nuestra amenazada y pisoteada dignidad colectiva.

Si nos remitimos a las ideas principales de este manifiesto, que se presuponen que son los motivos de mayor peso por los que se ha organizado y se ha secundado esta movilización, nos encontramos con la exigencia de la dimisión del gobierno, el fin de los recortes, el impago de la deuda odiosa, la expulsión del resto de gobiernos que han cedido a la Troika, y también la petición de pan, trabajo y techo para todas las personas. En tal caso, dada la respuesta previsible del gobierno tras la movilización, de agresión y de simulada indiferencia, mucho me temo que no se podría hablar de un gran éxito. Aunque a estas alturas tampoco creo que alguien se haya embarcado con esa ingenuidad en una aventura de semejantes proporciones. En el fondo sabíamos que ocultar y reprimir íba a ser con total certeza la respuesta por parte del gobierno. ¿Entonces por qué hacerlo? Sí, ya lo sé. Para defender con dignidad lo expuesto en el manifiesto. Pero, si sabíamos de antemano que no se iba a hacer ninguna concesión, ¿qué es lo que realmente se esperaba que pudiera ocurrir para poder calificar como exitoso el tremendo esfuerzo empleado?

En mi modesta opinión, son dos posibilidades las que se esperaban, y que precisamente son las que han hecho que unas personas hayan vuelto con el ánimo por las nubes, y que otras lo hayan hecho con el ánimo por los suelos. Por un lado, tal y como se sugiere en el manifiesto, se esperaba que el transcurso de la movilización desde el inicio de las marchas sirviera para crear y reforzar vínculos, contactos, y redes de intereses entre las personas participantes. La consolidación de ese sentimiento fraternal capaz de subirnos la moral hasta lo más elevado. Y por otro lado, también se esperaba que durante el 22M ocurriera algo más. Es decir, que se hubiera dado algún paso más decisivo en la baldía carrera de sucesivas manifestaciónes que se han recorrido desde el 15M (19J, 15O, 12M-15M, 29M, 25S, 14N, 25A…). Como se ha escuchado en alguna asamblea este domingo: “¿Y si hubieramos llevado cada persona un saco de dormir encima o una tienda de campaña y una vez ahí nos plantamos?”. Lo que no deja de ser más que la expresión desesperada del deseo de volver a repetir esas acciones masivas que ya nadie secunda y que ni siquiera son novedosas, pues ya sucedieron y quienes las vivimos, supimos hasta dónde son capaces de llegar y qué nos pueden ofrecer como máximo. Pues bien, según se decantaran las aspiraciones de una persona en mayor o menor medida hacia una de estas posibilidades, más exitosa se ha acabado sintiendo esa persona, o con mayor desaliento. Quienes esperaban en mayor medida ese contacto fraternal, ese conocerse unos a otros, y esa posibilidad de generar o ampliar redes, se habrán llevado una mayor recompensa. Pero quienes esperasen un paso más decisivo, una nueva forma de respuesta más allá del paseo de siempre, se habrán llevado una mayor decepción. Esto, por supuesto, planteando el análisis desde un plano subjetivo.

Pero, para evitar dejar esta cuestión en un inconcluso relativismo de meras sensaciones particulares, me gustaría compartir unas cuantas reflexiones más respecto del éxito o fracaso de una movilización como la de este 22M, por si nos sirvieran para poder valorarla en términos más objetivos.

  • Si la mayor sensación de éxito proviene de la creación de redes, del intercambio de experiencias, y del contacto con personas que comparten los mismos intereses. ¿Es necesario tener que recorrer a pie 500 kilómetros para conseguirlo? Sin ánimo de menospreciar el tremendo esfuerzo que han hecho miles de compañeros y el elevado sentido de la dignidad que han mostrado, creo que hay formas de construir un tejido social mucho más sólido invirtiendo menos energía y sufriendo un menor desgaste.
  • Aun suponiendo que la movilización hubiera sido de una contundencia nunca vista y se hubiera logrado forzar una improbable dimisión del gobierno. ¿Habría cambiado ese suceso el escenario socio-económico de proporción globalizada que nos asola hoy en día? ¿Habríamos alcanzado una mayor nivel de independencia o de decisión sobre las cuestiones que más nos están afectando? Lo más probables es que el nuevo gobierno continuaría siguiendo los mandatos de la Troika, tal y como estamos observando que ocurre en el resto de países bajo gobiernos de distinto color e ideología.
  • Cada movilización debe de otorgarnos un mayor nivel de empoderamiento; una mayor capacidad de organización entre nosotros mismos; una mayor profundización en los debates y los análisis de las problemáticas comunes a resolver; un aprendizaje sobre qué formas de actuar producen cambios y cuáles no; un compromiso mayor sobre los motivos reales que nos llevaron a movilizarnos y, como consecuencia, una puesta en práctica individual y (a ser posible) también colectiva, que nos de solución a esos motivos reales que queremos solucionar; y un mayor conocimiento y autonomía sobre cómo organizarnos, cooperar y ayudarnos mutuamente sin necesidad de que nadie nos dirija.
  • Si por el contrario, tras una serie de movilizaciones, nuestra capacidad de organización continúa igual, quizá deberíamos preguntarnos si podríamos estar abandonando un poco la causa, o si estamos cediendo demasiado de nuestra capacidad de actuación y de decisión para dejarla en manos de otras personas, lo cual nunca podrá beneficiar al resultado del conjunto.
  • Se ha demostrado una vez más, aunque el gobierno haya tratado de minimizarlo, que somos muchos los que no aceptamos las condiciones que nos están imponiendo. Pero lo importante no era dejárselo claro al gobierno. Lo importante es saberlo nosotros mismos. Pongámonos ahora manos a la obra. Trabajemos en nuestros barrios, en nuestros centros de trabajo, con nuestros grupos de afinidad, para tratar de dar solución a los problemas que no aceptamos. El gobierno no va a ceder. Pues hagámoslo nosotros. No es imposible. La PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) es uno de los ejemplos de que es factible, que ante el problema de los desahucios, en su caso, podemos organizarnos para hacer frente a los poderosos bancos sin la ayuda del gobierno. Y, como la PAH, hay cientos de colectivos más que necesitan de apoyo para poder dar soluciones cada vez más efectivas a nuestros propios problemas.

Ante una situación tan crítica, no podemos seguir tan sólo esperando un cambio de gobierno, o su dimisión. Aunque eso ocurriera, continuaríamos estando a merced de los designios del siguiente gobierno, y nada nos asegura que eso pudiera dar una solución definitiva a nuestros problemas. Así que no nos queda otra que empezar también a afrontar como podamos dichos problemas. Para ello necesitamos todavía alcanzar una mayor capacidad de organización, un mayor conocimiento de los problemas, una mayor capacidad para pensar y encontrar soluciones, y una mayor capacidad para crear un tejido social que nos permita poder tomar decisiones y alcanzar una mayor autonomía. Por supuesto, no es algo que se alcance de un día para otro. Todavía queda mucho por hacer. Pero también es cierto que llevamos mucho recorrido, mucho trabajo dedicado, muchos esfuerzos empleados, mucha energía derrochada, mucha rabia contraída y mucho sufrimiento sobre las espaldas… al menos que nos sirva para que tengamos claro que cada paso que demos, por grande o pequeño que sea, será un rotundo éxito si nos acerca un poco más a esas mayores capacidades que necesitamos para dar solución a nuestros problemas.

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