Payaso trascendental

«Esperando a Godot»: Payaso trascendental

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La historia de Vladimir y Estragón -también llamados Didi y Gogo respectivamente-, dos amigos de aspecto miserable que esperan infructuosamente junto a un árbol a un Godot, de los que ni el público ni ellos mismos saben apenas nada, se cuenta esta vez con una acertada mezcla de humor, melancolía y ternura -no siempre lograda en otras asambleas- que permite formalmente seguir con interés la función y que facilita, en el fondo, incluso intuir su dimensión más filosófica.

No habrá sido casualidad elegir dos actores protagonistas como Pepe Viyuela y Alberto Jiménez, capaces de llevar y traer al histrión sus respectivos personajes sin dificultad, si la intención era, como parece ser, hacer coincidir la función, aunque a distancia, con El universo del circo y los payasos. Y la opción de Simon no puede ser más eficaz e inteligente, ya que ha permitido al director estandarizar a los espectadores, por muy variada que sea la zona de asientos, bajo unos códigos escénicos con los que todo el mundo está más o menos familiarizado y familiarizado. . El público está así mejor preparado que de costumbre para seguir los pasos de los desventurados protagonistas; y, en efecto, se demuestra -al menos este es el día en que un servidor vio la representación- que todos en general prestan más atención que nunca a una obra que, al ahondar en la naturaleza alienada y repetitiva del propio comportamiento humano, corre muchas veces el grave e inexorable peligro de aburrirse más de lo deseado. Los raíles simbólicos con los que Paco Azorín ha rodeado el árbol de su paisaje, dando una idea sugerente sobre la confusa dirección de cualquier camino que se pueda tomar; o el vestuario de Ana Llena, que acentúa la ridícula y exaltada dimensión que tiene cada personaje -y, por tanto, cada ser humano- proporcionan algunas pistas más para aventurarse en el imaginario existencialista de Samuel Beckett en su reflexión sobre el inquietante destino del hombre. Un hombre sin cerebro que sólo puede ser iluminado, como ha hecho Pepe Viyuela en una fascinante obra de teatro, con los resplandores del único tesoro que puede poseer: el de su propia emoción.

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